“El Solfeo” fue un periódico fundado en 1875 por Antonio Sánchez Pérez. Este emprendedor requirió a sus redactores que no utilizasen su nombre para firmar lo que escribiesen, sino que aprovecharan el instrumento musical que deseasen como pseudónimo. Leopoldo García-Alas y Ureña escogió “Clarín” y comenzó a escribir en su columna “Azotacalles de Madrid” duras críticas contra la clase política de la Restauración. Con ellas, aunque el periódico en sí no gozó de una gran popularidad, la columna que el escritor redactaba, comienza a hacerse famosa y, de ese modo, nace la historia literaria de Leopoldo Alas Clarín.
Aunque nació en 1852 en Zamora, Clarín se sintió siempre asturiano, gracias a los recuerdos incesantes de sus padres sobre aquél territorio. En 1859 la familia regresó a Oviedo y, a partir de entonces, pudo disfrutar de las tierras asturianas, que le vieron crecer, estudiar, trabajar y morir. El doctorado lo hizo en Madrid y fue allí donde se dio a conocer tanto por su obra como por sus compañías, pues junto con Armando Palacio Valdés, Tomás Tuero y Pío Rubín, formó el grupo de “los de Oviedo”, que charlaban sobre la libertad y las nuevas ideas.
Entre la creciente atracción que estas animadas charlas traían de algunos “curiosos” literatos, junto a las duras críticas de su columna, Clarín comenzó a forjar importantes alianzas entre colegas periodísticos y escritores, casi al mismo ritmo que los enemigos surgían imparablemente. Por aquél entonces, Leopoldo todavía no había siquiera terminado el postgrado.
Además del género periodístico, Clarín cultivó otros géneros. En teatro fracasó estrepitosamente con “Teresa”, de fuertes tintes autobiográficos y poco aceptada por crítica y público. Sus ensayos gozaron de mayor éxito, a destacar “Solos de Clarín” (1881), un conjunto de artículos de crítica literaria. Su tercera gran aportación literaria fueron los cuentos. Los publicó en formato de novela corta, de relatos y de cuentos. “Dos sabios”, “El gallo de Sócrates”, “Adiós, Cordera”... su obra es extensa y, aunque poco reconocida, bastante interesante para comprender la visión literaria de este género que, a partir de la primera mitad del siglo XIX, se extendió por toda Europa.
Su mayor aportación fue en la novela y se esconde tras la famosa obra “La Regenta” (publicada en dos tomos durante 1884 y 1885), exponente claro del naturalismo y del krausismo. No sólo es la obra cumbre del autor, sino de la novela española de por aquél entonces. Todo un universo de enredos amorosos entre la protagonista, su marido el Regente de Vetusta (nombre ficticio de una más que reconocible Oviedo) y un par de pretendientes mucho más jóvenes. Una publicación muy polémica, que limitó durante un tiempo su distribución a la ciudad de Barcelona, dado que en el resto del país quedó prohibida.
Aparte de todas sus obras, también destacan los artículos periodísticos, sobre todo las críticas duras e implacables que desarrollaba bajo su pluma, y su labor como profesor en la cátedra de derecho Natural en la Universidad de Oviedo, donde sus alumnos pudieron a la vez disfrutar de su enriquecida oratoria, y también sufrir su inagotable ironía y una dureza brutal a la hora de calificar los progresos de estos jóvenes asistentes.
Clarín ganó la simpatía de muchos críticos y fue querido y valorado por sus familiares, tanto en vida como tras su muerte. Pero estos aliados tenían su reflejo antagonista en la cantidad de enemigos, puede que muchos más que los primeros, que durante su vida fueron víctimas del fuerte carácter inflexible del autor y, encima, vapuleados en público con los artículos que escribía acerca de ellos. Pero ni durante los 49 años que Clarín soñó despierto con su querida Oviedo desde que nació, ni tras su entierro en dicha ciudad en 1901, pudieron sobrepasar la sombra del último gran escritor que España pudo disfrutar en el siglo XIX.