El corazón de los poetas no suele caracterizarse por la estabilidad o la armonía. Son conflictos personales y espirituales los que necesitan salir a la luz a través de las palabras del artista. Pocos, sin embargo, han trasladado este sentimiento poético al modo de enfrentarse a la vida, tanto íntima como públicamente. José de Espronceda es uno de los autores españoles que más sufrió este espíritu intranquilo. Activista político, hombre apasionado y pasional, poeta atormentado, pero por encima de todo, un romántico.
El perfil primigenio del romántico era aquél que, inmerso en un mundo de fantasías tenebrosas, intentaba alcanzar un amor imposible, que rara vez no terminaba en tragedia, tanto en sus obras literarias como, a veces, en sus propias carnes. Espronceda se enfrentó a un mundo que negaba como correcto, el del absolutismo. Su participación política fue siempre importante, tanto dentro de la legalidad como desde el bando revolucionario (la mayor parte de las veces). Participó en las barricadas de París, en la revolución de 1830, y entró en España con una expedición de revolucionarios, que fracasó. Regresó a España en 1833 y volvió a tomar parte en otros pronunciamientos, por los que de nuevo fue perseguido. Tras una época de encarcelamientos, en septiembre de 1840, los liberales se impusieron y, en la posterior regencia de Espartero fue elegido diputado a Cortes por Almería, y luego fue nombrado secretario español en La Haya.
Murió súbitamente en 1842 y su carrera política fue reconocida públicamente como muy prometedora. Sin embargo, fue su capacidad artística la que más se echaría en falta. A sus 34 años de edad se le consideraba el mejor poeta español del momento.
Comenzó temprano a elaborar sus obras, y la mayoría de veces en momentos clave de su participación en el inestable clima político del siglo XIX. El primer poema que se le conoce es “Pelayo”, escrito durante un reclutamiento en un convento de Guadalajara, por intentar vengar la muerte del general Riego. En su primer destierro elaboró varias poesías y la tragedia “Blanca de Borbón”. Poco a poco fue aumentando en calidad poética y narrativa, hasta que en 1836 adquirió fama nacional con “La canción del pirata”, una concienzuda defensa de la libertad, la rebeldía religiosa, social y política.
Pero no sólo de desengaño político estaba atormentado su corazón, el amor destructivo y demoledor también le impulsaron hacia una obra cargada de hastío y desesperanza. Su famosa relación con Teresa Mancha nunca estuvo dirigida a un final feliz juntos, pero eso fue algo que Espronceda no quiso reconocer. Su separación le obligó a trazar los versos más crueles con el amor que jamás escribiría: “A Jarifa en una orgía” y “El estudiante de Salamanca”, esta última obra una base en la que se apoyó la futura “Don Juan Tenorio”.
Aún así, su repertorio bibliográfico no se limita a la poesía trágica. Espronceda escribió también novela histórica (“Sancho Saldaña”), de fantasía (“La pata de palo”), sátira (“El pastor Clasiquino”), etc. Pero la calidad que desprendieron sus letras hasta en el inconcluso “El Diablo Mundo”, se vio incapaz de alcanzarla mediante otro género que no fuese la poesía.