Billie's Blues

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  Su acogedora voz puso fin a "Fine and mellow", uno de sus temas más famosos en aquella época, que ella misma había escrito. El público aplaudió con entusiasmo la interpretación y ella lo agradeció con su gesto característico de levantar los brazos, como si brindara con todos por la música, la vida, el amor... Los miembros del grupo se pusieron a tocar enseguida la larga introducción de un tema rápido que yo no conocía. Billie aprovechó esos pocos minutos instrumentales para irse discretamente detrás del escenario, tomarse un pequeño respiro, bebiendo algo, posiblemente. Volvió a tiempo para encarar el tema, que contaba con una muy poca aportación vocal y que narraba lo que podía hacer un pequeño rayo de luna por arreglar las cuitas de unos enamorados. Otra vez los aplausos y otra vez vuelta al swing, desgarrando una nueva canción, redistribuyendo pausas y sensibilidad, derrochando ternura expresiva y emoción en cada acento, en cada palabra. El público se dejaba llevar por su candidez vocal, el cansino y monótono ritmo que imponía la batería, en medio de alcohol, el tabaco y los besos fugaces. En la penumbra de la sala la vida era algo placentero, medio vivida, medio soñada, con unos retazos de un pasado bello e irrecuperable y unas gotas de esperanza para el mañana difícil de aquel remoto invierno. El saxo triste de Pete Ferguson, "Ronky", subrayaba, de vez en cuando, con solos llenos de poesía, la magia del jazz de madrugada, en una época difícil en donde el único paraíso de Greenwich Village era este club, llamado a ser el lugar de la confirmación de la más grande cantante de swing de toda la historia. Yo estaba allí, relajado, dejándome llevar, como en otras noches, de ese fluido invisible que me proporcionaba los seis músicos y ella, mi pasión. Los minutos fueron lentamente desgranándose, sorbo a sorbo, en una experiencia atemporal de armonía y paz interior.
 
     
     
  Billie's Blues, de Mª del Carmen Cortecero López. © Fundación Bancaja 2004