La playa

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  Dejé caer el bote y me quedé con las manos separadas del cuerpo, observando cómo ella se ponía de pie y tiraba las gafas de sol sobre la toalla, para después irse corriendo hasta el agua. Entró en ella rabiosa, con más ímpetu que nunca la había visto hacerlo. Cuando se hubo sumergido yo me froté las manos con lo que me quedaba de crema en ellas. Recuerdo no haber dicho ni una palabra. Suelo murmurar, jurar por lo bajo, pero en esa ocasión no dije nada. Me pareció tan sencillo irme que no tuve necesidad de insultarla, de aliviarme metiéndome con ella. Anduve en dirección paralela al agua hasta que salí de la playa por entre unas dunas coronadas de hierba. Me palpé los bolsillos para saber si llevaba las llaves del coche y entonces me sentí seguro de llevar conmigo todo lo necesario. Sí, fue entonces cuando sonreí.  
     
     
  La Playa, de Julio Conejero Casares. © Fundación Bancaja 2003