La playa

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  Le vi alejarse. Quizás fue el silencio lo que me llamó la atención. Bajé el libro para observarles. Antes les había oído hablar sin saber qué decían. Ella me gustaba, pero no creía que tuviera ocasión alguna de conocerla. Él era alto y cuadrado de hombros, ancho de cuello, ancho de muslos: un tipo grande que la hacía parecer a ella más delicada. Oí que algo caía en la arena. Yo ya tenía el libro abajo, fuera de mis manos. Estaba apoyado en el codo y les miraba. Por un momento temí que él mirara en mi dirección, pero no lo hizo. Sólo la observaba a ella. Después se frotó las manos como si le dolieran y se fue deprisa, armando un revuelo de arena tras él.
Cogí el libro y le puse una marca por donde lo había dejado abierto. Me senté, con los brazos en torno a las rodillas y el libro todavía en la mano. Sólo ella se bañaba en la playa. Se alejaba hacia el horizonte nadando a braza y originando más espuma de la que suele hacer una mujer.
 
     
     
  La Playa, de Julio Conejero Casares. © Fundación Bancaja 2003