La playa

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  No pasé por el hotel. Las humillaciones me habían saturado. Cuando me froté las manos me sentí libre de ella. Mi interés desapareció en ese mismo momento. Era guapa, era más que eso. Al amanecer de esa mañana hubiera hecho cualquier cosa por ella. Amanecía y yo me encontraba despierto en el balcón, perdonándole el trato de la noche anterior. Esperó a que me metiera en la cama y luego se tumbó sobre ella, de espaldas a mí. Yo estaba incómodo, oprimido por la tirantez a que estaban sometidas las sábanas. Me acerqué a ella:
-¿Por qué no te metes dentro? ¿Vas a dormir así? -le pregunté. Se puso boca arriba y dijo no, abriendo los ojos para mirar al techo. No supe qué contestar e intenté acariciarla.
 
     
     
  La Playa, de Julio Conejero Casares. © Fundación Bancaja 2003